COMUNICAV | Tercera etapa Nº26 segundo cuatrimestre 2024

COMUNICAV 26_27 Anaïs Sánchez. Fotografías de Agustín Rovatti En los cinco primeros meses de 2024 han muerto 5054 personas migrantes, entre las que se incluyen 154 mujeres y 50 niños, cuando intentaban llegar a las costas españolas. Los datos, extraídos del último informe presentado por la organización Caminando Fronteras, muestran una realidad dramática, que acontece a diario en nuestras costas. La decisión de migrar se toma principalmente porque los riesgos y las condiciones en los países de origen son mucho peores que el riesgo de perder la vida durante el trayecto migratorio. Pero, más allá de las cifras, no se debe pasar por alto que, detrás de cada una de ellas, se esconde una vida silenciada por su condición de migrante. Afortunadamente, el desenlace de los viajes migratorios que realizan miles de personas al año no siempre es trágico. Una de estas historias es la de Ahmed Abou, sudanés de 23 años, que llegó a la costa de Valencia el 17 de junio de 2018 a bordo del Aquarius. Este joven, como tantos otros, se ha visto obligado a partir de la grave crisis humanitaria en la que se encuentra sumida Sudán, por el conflicto armado. El enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido ha provocado miles de muertes, millones de desplazados y una hambruna de proporciones épicas. El barco, que llevaba a bordo a 629 personas migrantes rescatadas frente a la costa de Libia, estuvo semanas a la deriva por el Mediterráneo ante la negativa de países como Malta o Italia a ofrecerles un puerto seguro. Fue la ciudad de Valencia la que finalmente los acogió. UN VIAJE DE 4200 KILÓMETROS La historia de Ahmed podría ser la de cualquiera de sus 628 acompañantes en el barco. Emprender un viaje hacia lo desconocido, a cara o cruz, en el que tu propia vida está en juego. Pero el contexto sociopolítico de crisis y de guerra de algunos de los países del continente africano obliga a estas personas a tomar un camino que, a pesar de su incertidumbre y peligro, parece mejor opción que permanecer en sus hogares. Ahmed tomó la decisión de migrar en 2016, empujado por el sufrimiento de su familia en aquel momento, así como por el contexto de conflictos y tensiones étnicas de Sudán. Su viaje comenzó cuando se dirigió a Egipto, donde trabajó durante aproximadamente año y medio en fábricas, una peluquería e, incluso, en una tienda vendiendo alfombras, con el objetivo de reunir el dinero suficiente para continuar su viaje. Después, se trasladó hasta Libia. Tal y como relata Ahmed: “Fue un viaje durísimo”. La primera parte del trayecto fue en coche hasta la frontera del país, pero desde ahí, tuvieron que desplazarse a pie hasta la primera ciudad que encontraron. La llegada a Trípoli, la capital, de la mano de diversas mafias que dictaban las condiciones del viaje, fue el comienzo “de una de las etapas más duras del viaje”. Ahmed pasó casi un año encerrado en una casa, sin pisar el exterior, a la espera de que la organización criminal decidiera cuándo sería el momento de embarcarse en una de las “pateras” camino a Europa.

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